Hace unas semanas, Eric Schmidt pronunciaba un discurso que ha tenido un gran impacto. "En 2029, un simple disco duro de 11 petabytes muchos, muchísimos bytes costará menos de 100 dólares", aseguraba el presidente del consejo de administración de Google. "Según mis cálculos, en él se podrán almacenar 600 años de grabaciones de vídeos diarios, las 24 horas del día, en calidad DVD". Se podrá grabar toda una vida, desde el primer llanto al último suspiro, y seguir dejando espacio para las próximas generaciones.
Se ha iniciado una revolución silenciosa y debemos escuchar con atención a Eric Schmidt cuando dice que ya nos hemos adentrado en la era de Internet. Sin embargo, una pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué querríamos disponer de una cosa así? ¿Por qué deben las personas grabar su vida? ¿Por qué cada uno de nosotros debe decir a sus amigos en Facebook que, en ese momento se está limpiando la boca? La necesidad de comunicación social no basta para responder a esta pregunta. Existe un principio milenario según el cual, sólo las cosas de las que nos acordamos han sucedido realmente.
La exposición de Eric Schmidt hace aún más explosivas las conclusiones publicadas por la revista Science de los trabajos de Betsy Sparrow y otros investigadores a los que les interesa la influencia de la memoria digital en la memoria humana.
Cabe señalar en primer lugar que Betsy Sparrow y sus colegas no hablan de Internet, sino de motores de búsqueda y más en concreto, de Google. Esto es lo que afirman, en resumen: con Google, cada vez retenemos menos información, pero sabemos cada vez mejor dónde encontrarla. Sus investigaciones demuestran que cuando se advierte a los sujetos de que un dato, por banal que sea, no se va a grabar en el ordenador, lo memorizan mejor que cuando piensan que el ordenador se encargará de ello.
La externalización del saber
Según las conclusiones de los científicos, el desplazamiento de nuestros conocimientos hacia la red constituye un desplazamiento de nuestra memoria a la red, lo que coincide con lo que los directivos de Google reivindican desde siempre como su auténtica visión y modelo económico. ¿Qué tiene de sorprendente todo esto? No es la primera vez que sucede, Sócrates ya se rebelaba en su época contra la inutilidad de la escritura. El hombre siempre ha transferido sus conocimientos y su memoria a otros soportes. Al afirmar que "no tenemos por qué recordar lo que podemos buscar", Jürgen Kuri, de la revista c’t, se limita a citar a un viejo maestro. La externalización del saber es el principio de toda biblioteca.
Por curioso que nos resulte, este punto de vista oculta no obstante un elemento bastante esencial: hasta ahora, los diferentes soportes de grabación servían para conservar el pasado. Se puede incluso decir que como estaban grabados, estos datos se convertían en componentes del pasado. El factor limitante del soporte en papel en términos de espacio no sólo se aplica a los pequeños anuncios clasificados de los periódicos: también se impone a la grabación de cualquier conocimiento. Esta limitación confería a cualquier dato escrito una especie de valor material, como en el caso de los billetes bancarios, aunque el contenido de las páginas impresas en realidad no valiera gran cosa.
Sobra decir que las reglas del juego ya no son las mismas cuando se pueden grabar 600 años de vida en tiempo real por menos de 100 dólares. El valor de la información ya no reside en su valor intrínseco, sino en su lugar dentro de una red. La omnisciencia de Google no tiene nada de literal, es un fenómeno social. No es únicamente "saber", sino el conocimiento de la utilización del saber, un parámetro que en sí mismo hace evolucionar perpetuamente el estado del saber. El fenómeno de la transferencia de la memoria humana a una empresa privada estadounidense no afecta únicamente a cualquier cosa escrita en negro sobre blanco, sino también al conjunto de experiencias y de recuerdos enlazados que son elementos constitutivos de la identidad de las personas. Hoy, es el conjunto de estos conocimientos lo que reorganiza Google, no sólo la teoría de los colores de Goethe.
Un súper bibliotecario
Google no se encarga únicamente de grabar los conocimientos fácticos: el motor de búsqueda, toda una primicia en la historia de la humanidad, se encarga también de la evaluación, la organización y el significado de las asociaciones mentales que creamos al utilizar estos conocimientos. Probablemente sea el auténtico fin, y a decir verdad el más fascinante, de una operación que consiste en saber precisamente cuánto tiempo el cursor de un ratón se ha detenido en una calle en Google Earth tras haber realizado una búsqueda sobre un casino.
Imagine a un responsable de la biblioteca estatal de Berlín que no sólo conociera en detalle las relaciones del contenido entre sus miles de libros, sino que además también supiera cuánto tiempo pasa cada lector en cada frase de cada libro de su inmenso catálogo, qué textos se leen y cuáles se hojean, qué preguntas se plantean los lectores y si éstas les llevan hasta él. Pronto conocerá perfectamente las asociaciones de ideas de sus lectores y se servirá de ellas para reconstituir el saber que él se encarga de gestionar y organizar.
Ya no se trata de una simple transferencia, sino de un sucedáneo de la memoria y como es muy práctico y nos ahorra mucho tiempo (el súper bibliotecario comparte parcialmente sus conocimientos aunque se limiten en realidad a datos ya conocidos y disponibles en otro lugar), lo utilizamos sin dudar. Y pagamos con gusto el precio. Al fin y al cabo, es estupendo poder tener espacio en la cabeza para otras cosas.
Pero ¿por qué exactamente? No se trata únicamente de no acordarse ya del año de nacimiento de Kant o de la mejor receta de la tarta de queso. ¿Qué impacto tiene en nuestra identidad esta transferencia de nuestra memoria social y asociativa? ¿Qué sucederá cuando nuestras vidas estén señaladas con esta especie de calculadoras de itinerarios que nos liberan del esfuerzo de memoria y lo sustituyen por otra cosa?
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